Quien me iba a decir a mi que iba a tener dos regalos idénticos, eso es lo que no paraba de repetir la ginecóloga y aquellas palabras martilleaban en mi cabeza: idénticos, idénticos, idénticos.

Una semana tardé en acostumbrarme a la idea y aún así siempre que veía a un bebé, niñ@ o adolescente…me decía a mi misma, así pero por dos.

Todo se precipitó en al semana 35, cuando al tomarme la tensión mi matrona dijo que estaba disparada y que si por la tarde no bajaba tendríamos que presentarnos en el hospital. Muerta de miedo llegamos a urgencias y allí no paraban de pasar batas blancas que me decían que me tranquilizara mientras me miraban como si vieran a una extraterrestre. Preeclamsia decían todo el rato.

Así que llegó el día que contra la voluntad de mis peques iban a sacarlas a la fuerza del hogar uterino, cosa que no me gustaba.

Tras negarme a ponerme un enema y forzar una explicación convincente para ponerme oxitocina y la epidural nos abandonamos al descanso escuchando mantras tibetanos. Cuando llegó el momento de empujar apretaba la mano de mi pareja que me decía «todo va a salir que te cagas» y nacieron las bebés que tras verlas de cerca se llevaron a la incubadora.

Los días en cuidados medios los recuerdo entre emocionantes y amargos. Ver a mis hijas tan pequeñitas en un cajón de plástico custiodadas por brujas que solo querían que engordaran lo que tocaba ese día o hadas que desprendían magia pero que no eran mami y papi, fue durillo. Nuestras visitas cada 3 horas, el piel con piel y nuestro cariño al darles el biberón duró 10 largos días y noches.

No sufrí una dolorosa subida de leche, apenas sentía nada…No sabía cómo darles el pecho y las brujas solo decían «no le des el pecho que se cansa». Pregunté a otra enfermera y me dijo que me sacara leche masajeandome y la depositara en una jeringuilla pequeña. El calostro era la vacuna del bebé, así que por poco que fuera debía de darselo a las dos, pero cuando llegaba con mis 30 ml de calostro para las dos, yo sentía que me miraban mal. No entendía nada…¿No se suponía que era un hospital pro-lactancia?

Cuando salimos del hospital sentía que por fin salíamos de la carcel y que ahora íbamos a poder conocernos fuera de pitidos y personas ajenas. Apenas se habían enganchado a mi pecho y eso me preocupaba. Llamé a la liga de la leche y me atendieron bien, pero la solución de no dar bibe y sustituirlo por un cazo o cucharita no me satisfacía. Nos presentamos sin cita en al consulta de mi matrona y gracias a su ayuda y consejos nos fuimos más tranquilos. Las bebes eran muy peques y les costaba succionar…poco a poco fueron consiguiendolo.

Hicimos lactancia mixta hasta el segundo mes y no hubo grietas gracias a los mugroneres, si no sabes lo que son y cómo salvaron mi lactancia lee AQUÍ, un post donde te lo contaba. Biberones y leche materna, leche materna y biberones…un lío y mucho trabajo. Yo creía que cuando mi bebé lloraba en el pecho era porque tenía más hambre…todo cambió cuando descubrimos que era sueño. Poco a poco fuimos retirando el bibe y ellas poco a poco succionando más.

Ahora las peques ya tienen 15 meses y seguimos lactando. Comen todo lo que les apetece y cuando quieren teta, teta. Y aunque de vez en cuando me apetece una copa de vino o un chupito de hiervas y recuperar mis pechos para mi, se que cuando eso pase añoraré los momentos entregados a mis pequeñas.

Si estas buscando un cojín de lactancia cómodo, que respete tu postura y tu espalda, fácil de poner y que no se degrade con el tiempo, ÉSTE es el cojín que he usado y que te recomiendo.

Cojín-lactancia-gemelar-2